lunes

Hoy mi alma está gris

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Las cinco en punto de esta amenazante tarde.
La bruma permite descansar de miradas intrusas a las montañas del oeste. Detrás de esa espesura gris adivino las formas y los colores de esas moles, mudos testigos diarios de la vida, de mi vida. Montañas misteriosas y cautivantes, siempre intentando modificar sus colores; atrapando todos los tonos de gris y amarillo, azul y verde; mostrándose rosadas cuando el sol las acaricia en cada amanecer, tornándose transparentes cuando ese sol desaparece tras ellas. Hoy descansan, hoy no toman ningún color, hoy me permiten imaginarlas como mi alma desee sentirlas.
Una lluvia mansa limpia el valle.
Observo las gotas desprendiéndose suavemente desde el techo gris plomizo. Otras gotas juguetean entre las hojas de los árboles y las plantas antes de acariciar el pasto.
Hoy quisiera transformarme en nube para permanecer frágil y poderosa, cercana y lejana, indemne e inalcanzable.
Hoy mi conciencia al fin reconoce el peligro de permanecer inmersa en esta obsesión.
Obsesión caprichosa ocupando mi mente desde hace algún tiempo. Obsesión absurda envolviendo mi ser en una tristeza asfixiante. Obsesión semejante a un monstruo absorbente tomando mayor confianza a cada minuto: una telaraña incómoda y pegajosa, una luz oscura y dolorosa naciendo en lo más profundo, hiriendo mi interior, desgarrando mis entrañas. Un monstruo invasor arrastrando mi vida, apropiándose de mis sentimientos. ¡Ay! con esta angustiante obsesión: dueña absoluta de cada uno de mis días.
Hoy deseo liberarme y vagar con libertad.
Hoy todo es gris en este inmenso cielo.
Hoy mi alma está gris… y nada hago por impedirlo.

……………………………………………………………………………………Mayo 2004

Publicado en la revista literaria con voz propia nº 35


© Analía Pascaner

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viernes

Imágenes inquietas a la vuelta de la esquina

Me gusta encender un fósforo en la oscuridad, mirar a mi alrededor con los ojos entornados, observar atentamente en la penumbra, adivinar a los objetos por sus sombras, imaginarlos de otros colores. ¡Ay! El fósforo me quema los dedos, a ver ahora cómo se ven las cosas con la luz del velador… Ya nada es igual, todos los objetos toman exactamente su forma y las sombras permanecen en guardia detrás de ellos. Realmente me gustan más las imágenes inquietas que deja la luz de un fósforo. Un día voy a poner una lámpara de querosén para semejar la luz difusa aunque sé que mamá pondrá el grito en el cielo. Ahora prendo otro fósforo y…
-¡Andrés! ¡Te dormiste otra vez! Arriba. ¡Vaaaamossss! Mirá que si llegás tarde al colegio vas a quedar libre y…
Sí, ya sé, no me firmás la reincorporación, mamá, me lo decís todos los días. Sí, ya sé que no debo faltar más, sí, lo sé. ¿Hará frío? Este tiempo de miércoles… hace frío a la mañana y después me aso al mediodía. A ver… hoy no me pongo el uniforme, a esta altura del año nadie te dice nada, no me pongo nada el uniforme. Qué buena la suplente de Química che, encima usa esas remeritas apretadas que…
-¡¡¡Andrés!!!
-¡Siiiiiii! ¡Ya voy, mamá!
Ufa con la vieja que me desordena los pensamientos, ella quiere que ordene mi habitación y ella se la pasa desordenando la mente de los demás, ¿alguna vez habrá pensado en eso? Pobre vieja, es buena tipa, se las banca sola desde que el viejo se fue con la mina ésa, la pucha con el viejo… creo que no es mina para él. Me parece que al viejo le falta un jugador en la cancha.
-Aaaandyyyyy… queriiidooo… ¿Te llevás un bucito por las dudas refresque? Mirá que está un poquito destemplado.
-Sí, mamá, llevo un buzo. Buen día má, ya me voy porque quiero…
-¿Cómo que ya te vas? ¿Así nomás sin desayunar? Andresito Andresito, si no te alimentás…
-Sí, ya sé, no voy a crecer más. Ay, viejita, piso el metro ochenta y cinco, acá la única chiquita sos vos… mmmmm estás linda hoy. ¿A qué se debe semejante placer para la vista? Tan-tem-para-ni-to-y-tan-a-rre-gla-di-ta. Bueno, chau má, y no te olvides de comprar esas galletas de chocolate, están rebuenas, viste? Nos vemos.
-¿Me dijiste que te llevás un bucito? Mirá que hoy está destemplado, eh?
Me apena que la vieja esté sola, es buena gente che, además está fuerte todavía. El viejo también es buen tipo, lástima que no se lleven bien, como dice Marcelo: “no se puede tener todo en la vida”. Tengo tiempo, hoy me desvío del camino y paso a buscar a Virginia. Éeesa sí que está buena y además está muerta conmigo, creo que este fin de semana… cae.
Bueno, ya casi llegué, doy vuelta a la esquina y… pero… ¿cómo? ¿no es el auto del viejo? ¿¡y con la minita a esta hora!? ¿Recién se habrán encontrado o recién estarán volviendo? ¿O será que ya están viviendo juntos? Mejor no voy nada a buscar a Virginia, mejor veo qué hacen estos dos, “por algo pasan las cosas” diría Marcelo, no? Y por algo en esta mañana tempranito se me ocurrió ir a casa de Vir, y mirá vos… lo veo al viejo con su novia, tan pegoteados como dos adolescentes en celo. Jajaja ¿acaso el adolescente no soy yo?
A ver… acá no me van a ver… Pero esa mina no parece Fernanda, nada que ver. ¿Y quién será? Esta tipa parece más menudita. ¿Estará tan rayado el viejo para salir con otra también? En realidad no sería raro que dejara a Fernanda, últimamente se lo veía tan cansado, la minita no le debe dar respiro. A ver… quién será la otra? Dale… aflojen… ey… date vuelta chiquita que quiero verte… daaale nenitaaa…
¡Pero no puede ser! ¿Es…? Nooooo, no-pue-de-ser ¡UAU! ¡de ficción, men! Por eso estaba tan arregladita la vieja esta mañana. Mirala vos… encontrarse con el viejo a escondidas… Me parece reloco el hecho de verse así, es bien extraño esto de volver a estar juntos. Mirá vos a la vieja… espera que me vaya al colegio… Ahora me doy cuenta que otras mañanas también estaba arreglada, ¡¡entonces era para ver al viejo!! Jaja qué raye tienen los dos. ¡Qué viejos me tocaron! Mejor aprovecho que la vieja no está y me vuelvo a casa, me quedo en la compu a ver quién está en el chat y si es un embole me quedo jugando con ese Fórmula 1 que me prestó Maxi, ¡está rebueno! Eso sí, antes paso por la plaza por las dudas encuentre algo interesante, o alguien interesante.

¡Qué mal! Más de media hora y no aparece nadie del curso en la plaza che. ¿Qué pasará? ¿Habrá prueba y yo no estoy ni enterado? Ma sí… yo me vuelvo a casa.

Por fin ya llegué a casita y sin nadie que me diga nada, que los viejos rayetis hagan de las suyas nomás, yo haré la mía, al menos hoy la vieja no va a saber que falté y dispongo de algunas faltas más antes de pedir la reincorporación.
-Pero… ¿qué hacés en casa, Andrés? Si vos habías salido para el colegio… Mirá que no te voy a firmar…
-Sí má, ya sé, ya sé.
-Pero bueno… por algo pasan las cosas. Hoy es mejor que estés en casa así te doy una noticia. Ricaaaardo, vení, dejá el café para después y vení que está Andrés, así aprovechamos y le contamos que vas a volver a vivir acá en casa. Y… Andresito… ¿qué te parece la noticia?

Y bueno, como les decía recién… la vieja es buena tipa y en realidad el viejo también, así que ahora no me parece tanta locura que vuelvan a vivir juntos. Y la vieja ya ni se va a dar cuenta si en lugar del velador pongo una lámpara de querosén en mi habitación.

© Analía Pascaner

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domingo

Pesadez

No hay una gota de viento, exclamarían los paisanos catamarqueños.
El aire entra lentamente a mis pulmones llenándome de pesadez. El humo del cigarrillo se estanca cerca de mí, quiero elevarme junto a él y alcanzar el cielo, sin embargo no puedo hacerlo. Estoy cansada, las piernas me pesan, mis brazos rehúsan moverse, mi cabeza adquirió enormes dimensiones, mis pensamientos se fugaron. El aire me retiene anclada en el banco del jardín.
La luna permite que la noche sea clara, observo las estrellas titilantes, trato de elevarme hacia ellas y tampoco lo consigo. Las sombras plateadas se muestran brillantes, pero no las puedo disfrutar porque mi cabeza late con tal fuerza… siento estallará en cualquier momento. El aire me asfixia en esta noche insoportablemente calma.
Algunas mariposas revolotean perezosamente golpeando contra las luces. Un grillo rompe el silencio en la lejanía. La perra, echada a mi lado, ni siquiera mueve sus orejas cuando un bichito nocturno se posa en su cabeza.
El verde de las plantas y los árboles, desesperadamente quieto, espera un soplo de aire, una mínima brisa que lo despoje de la tierra que lo desluce desde hace días. Mi vista se detiene en el lapacho: sus ramas abrazan quedamente a la Santa Rita. En las plantas pequeñas, tan aplastadas como yo misma lo estoy en este banco, se percibe con mayor nitidez la inmovilidad. Casi imperceptiblemente, como si un movimiento rápido pudiera desprenderla de mi cuerpo, giro mi cabeza mirando una por una todas esas plantas, las de hojas grandes y pequeñas, las más altas y las más bajas: no percibo la menor oscilación.
Observo las montañas, el contorno perfectamente recortado en el cielo claro. Imagino cada piedra y cada arbusto debajo de ese azul intenso que ostentan hoy. Debo apartar mi vista de ellas pues las siento abalanzarse sobre mí a cada minuto que pasa.
Todos estamos envueltos por la misma amenaza. No cierro mis ojos por temor a confundirme en este aletargamiento continuo. Si tan sólo un pequeño movimiento nos sacara de este sopor… mas el movimiento no llega.
Mi mente se despeja momentáneamente, pienso en aquellas veces en que me resultó fácil partir colgando de una nube o montada en un satélite. Hoy no hay nubes, hoy no hay satélites. Hoy no se atreven a surcar el cielo espeso que me envuelve hasta ahogarme. Hoy todo es calma, todo es quietud, nadie se arriesga a desafiar al aire denso que nos estanca en esta noche interminable.

....................................................................Mayo 2003
© Analía Pascaner
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miércoles

Tiempos de reflexión...

En momentos como éste, donde una epidemia amenaza a nuestro país y a nuestra gente; adicional a la epidemia misma, nuestros peores enemigos son el miedo y la ignorancia (…).
El miedo paraliza, nos afecta y reduce nuestros mecanismos de defensa natural.
La energía que manifestemos, positiva o negativa, se puede traducir en la magnitud del daño que esta situación pueda causar.
Seamos responsables y sigamos al pie de la letra las instrucciones. Usemos nuestro sentido común y seamos en extremo precavidos con las medidas de higiene y prevención.
Y más allá de transmitir pánico a nuestros conocidos y seres queridos, informémonos e informemos a los demás de las medidas necesarias. Procurando a través de nuestra comunicación y energía transmitir paz y amor, que en estos momentos son nuestras defensas más poderosas.
Son tiempos de recogimiento y reflexión, algo tenemos que aprender de esto.


Mayo de 2009 - Página web de la ciudad de Huixtla -Chiapas- México
http://www.huixtlaweb.com/noticias/?p=7538

Texto incluido en la revista literaria con voz propia nº 31, julio de 2009.
http://www.convozpropiaenlared.blogspot.com/

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lunes

Un camino sin retorno


El deslucido abrigo de cuero pesaba holgado sobre sus hombros. La cabeza inclinada sobre el pecho, el cuello levantado de la campera, las manos dentro de los bolsillos, todo era inútil para protegerse del viento helado. Oscar Rosales caminaba lentamente por las calles desoladas. La llegada repentina del frío había atemorizado a los vecinos.
Pensaba en Matilde y en los amargos calentitos y espumosos, en la sonrisa luminosa y en el calorcito de la estufa a querosén; pensaba en la mirada amable y en el amparo de las paredes cálidas, en las palabras comprensivas y en su propio desaliento.
Oscar pensaba…
Los cincuenta y dos años se apretaban en su cuerpo, la humedad se concentraba en sus huesos, la angustia se traslucía en su rostro. Desanimado, sus pasos conduciéndolo a ningún lugar, Oscar pensaba: ¡Qué boludo! ¿Cómo pude aceptar la jubilación a los cincuenta? Y no hallaba respuesta a esa pregunta que día a día lo atormentaba más y más.
Bastante tiempo atrás se había agotado el dinero del cheque de la indemnización. Ya no hacía changas en el taller de Edmundo porque el chico de la vuelta, ése que abandonó el colegio, “es más joven y más fuerte, ¿me entiende?”. El dueño del estacionamiento en el cual trabajó unos meses le explicó que “el hijo de Moreno tomará su puesto para pagarse los estudios, buen pibe ¿vio?”. Ya no se reunía con los amigos a tomar unos vinos en el bar, ¿cómo los pagaría?, no le agradaba aceptar limosnas. Lo borraron del club por falta de pago, ahora ni siquiera podía entrar a la cancha para distraerse, por unos pocos pesos, viendo los partidos de su equipo de la categoría “C”.
Se sentía solo. Estaba solo. La muchachada lo fue dejando solo o tal vez él se fue apartando del camino de aquellos obreros de la fábrica que dio de comer a tantas familias durante tantos años.
Y Oscar pensaba… Al flaco Iriarte y al gordo Enrique también los tentaron, los hicieron caer como a él. Iriarte juntó su vida en cuatro bultos y se fue a su pueblo natal, allí lo esperaba su madre; y el flaco se fue porque sabía que en casa de la vieja no le faltaría el puchero. Y el gordo Enrique, buen tipo, se murió “de depresión” comentaban algunos: dejó de comer, perdió la afiliación al club, no aparecía por el bar, no recibía a los pocos amigos que visitaban su casa. Y se murió el gordo, se murió de tristeza y soledad.
Oscar salía a caminar todos los días, empapado por la lluvia o tiritando por el frío, azotado por el viento o agobiado por los cuarenta y tantos grados. Él debía encontrar una salida. Deambulaba todos los días por el barrio, algunas veces lo acompañaba unos metros el chico diferente, ése… el de la sonrisa despreocupada. Esquivaba la cuadra del bar y la manzana del club; evitaba mirar a aquellas personas con quienes se cruzaba en el camino. Descansaba sentado en un banco de la plaza, esa plaza donde nació la idea, esa plaza donde veía a los pibes jugar con la pelota raída, esa plaza donde los jubilados jugaban a las bochas. Los jubilados de antes, los de setenta y tantos años, los jubilados de verdad. Oscar se sentía joven, sin embargo no todos opinaban lo mismo: para ningún trabajo era joven.
Ese día se movía pesadamente, como si sus pies se resistieran a consentirlo en la misión desesperada que tramaba. Su mano acarició el frío del metal que llevaba desde esa mañana en el bolsillo.
Faltaban pocos metros para llegar. Levantó la mirada y observó la bandera gastada sobre la puerta de entrada, un jirón descolorido zamarreado por el viento feroz, y un impulso renovado aceleró sus pasos. Sus pensamientos lo atormentaban y su respiración le quemaba, un nudo comprimiendo su garganta y una piedra hundiendo su estómago. Esa idea lo martirizaba: debía concretarla hoy, le resultaban insoportables las peripecias con que se burlaba desde su mente. Y Oscar pensaba: Matilde… ¿qué diría ella?, y luego se animaba: ¡Qué carajo! por Matilde lo hago, ella se merece algo mejor.
Faltaban pocos minutos para las veinte horas. Sólo se encontrarían Joaquín y la empleada nueva, ambos terminando una jornada de trabajo para luego regresar a sus hogares, disfrutar junto a sus familias, entregarse al sueño tranquilo; ambos sabían que al día siguiente un trabajo los esperaba. Repasó el plan una y otra vez. No había posibilidad de error, la policía jamás andaba por esa zona, a esa hora se internaba en la villa haciendo redadas. Nada podía salir mal. Envalentonado por la angustia traspasó el umbral y allí permaneció inmóvil, la calidez del ambiente lo intimidó.
-¡Qué sorpresa, Oscar! Llegó justo, ya casi cerramos -expresó Joaquín observándolo a través de los lentes-. ¿En qué le puedo ser útil?
Como única respuesta, esbozó una débil sonrisa y se acercó al mostrador susurrando: Pobre Joaquín, cada día más sordo y más miope. La empleada llenaba unas planillas y el encargado regresó a sus papeles. Oscar sacó el revólver del bolsillo y murmuró algo así como “esto es un asalto”. Entonces Joaquín le preguntó:
-¿Cómo dice, Oscar?
Algo más seguro, insistió:
-Don Joaquín, deme la recaudación del día y no les pasará nada a usted ni a la chica.
El encargado, atónito, observó el arma reluciente sostenida por una mano temblorosa, se acomodó los lentes y, con torpeza, abrió un cajón debajo del mostrador. Comenzó a sacar los billetes, los cuales Oscar tomaba y hundía de manera desordenada en sus bolsillos.
-Lo van a agarrar, Oscar, y usted es un buen hombre, usted no es de ésos.
-No soy nadie, don Joaquín, no tengo nada, me dieron la jubilación y me arrancaron la dignidad. Deme la plata y me voy de aquí, sé que usted no contará nada, tampoco la chica.
Terminó de guardar los billetes mientras repetía, como intentando convencerse a sí mismo:
-Lo siento, don Joaquín, no es nada contra usted. Ya me voy y todos olvidaremos este incidente.
Oscar notó la expresión de Joaquín: detrás de los vidrios gruesos sus ojos se mostraron sorprendidos y sus labios se torcieron en una mueca grotesca. Oscar no advirtió que la empleada clavó su mirada en la puerta de calle. De pronto escuchó una frase común, una frase que se le ocurrió irreal, y el silencio se rompió con palabras ásperas, lejanas, contundentes:
-¡Alto! ¡Policía! ¡Suelte el arma! Ponga sus manos detrás de la cabeza y gire lentamente.
Y Oscar pensó… Pensó en Matilde (¡cómo la iba a extrañar!), en sus amigos, en los pibes jugando el picadito en la plaza, en la sonrisa babeada del chico especial, en los años entregados a la fábrica, en el trabajo que esperaba y jamás llegó, en la plata del cheque que voló, en los hijos que no tuvo, en su juventud perdida por las obligaciones, en sus sueños olvidados, en sus ilusiones de tener algo mejor, de ser alguien mejor, de vivir un poco mejor.
Entonces Oscar decidió.
Giró sobre sus talones pausadamente mientras ponía el arma en su sien derecha.
El sonido retumbó en la sala casi vacía del correo.
Y Oscar ya no pensó más.

………………………........……………………………………………Noviembre de 2005
© Analía Pascaner

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martes

Un soplo de luz

.................................................................Para K B, en mi alma

La supremacía del leopardo la sorprendió sobre una de las ramas bajas del roble. Sus ojos verdes destilaban odio y sus gruñidos abundaban en reproches. De un zarpazo la derribó y jugueteó con ella, arrancó algunas de sus plumas y prosiguió ultrajándola. Sus punzantes garras se ahondaron una y otra vez en su corazón. La calandria se derrumbó y sangró. La arrogancia del leopardo la destrozó y desparramó esos pedazos a su alrededor sin compasión. Luego colocó su pata encima del menudo pecho blanquecino, clavando todas sus dagas en aquél que suponía su oponente. Y cuando creyó acabada su tarea, el felino se marchó arrojándole sus propias culpas y miserias. La calandria permaneció unos instantes en el suelo y, con extremada suavidad y admirable compostura, desplegó sus maltratadas alas mientras ocurría la transformación.
Una mujer de mediana edad recogía los trozos de su integridad, esparcidos por doquier. Una mujer que en esa contienda inútil llorara aunque ni una sola lágrima brotara de sus ojos, y gritara aunque ni un solo sonido traspasara sus labios. Un profundo dolor abatía su alma. Se inclinó y descansó todo el peso de su maltrecho cuerpo sobre sus manos temblorosas, aferradas al borde de una mesa como a la vida misma. En ese momento, profusos lagrimones empaparon su rostro impidiéndole poseer una clara visión, sin embargo logró distinguir una luminosa figura.
La contempló con cuidado: apenas sobrepasaba la altura de la mesa, la mirada reluciente clavada en sus propios ojos. Las lágrimas comenzaron a diluirse mientras apreciaba su cabello brillante, sus pupilas renegridas, sus pestañas imperceptibles, su menuda nariz, sus mejillas rozagantes, sus labios húmedos, su cuello redorgete, su ropa impecable, su frágil cuerpecito, sus manitos apoyadas sobre la mesa. La imagen, borrosa hacía apenas segundos, adquirió absoluta nitidez. La luz emanada de ese pequeño ser colmaba la habitación.
La mujer soltó sus manos de la mesa sin apartar su mirada de los ojos de la niña. Procuró y consiguió mantener su entereza física y anímica y se arrodilló para estar frente a esa criatura que la observaba atentamente. La tomó entre sus brazos, la alzó y le pidió un abrazo de ésos que sólo ellas dos saben darse. Los brazos de la mujer rodearon por completo esa espalda pequeña y la estrechó con la fuerza del cariño, con el poder de la comprensión, con la urgencia de recibir su ternura. La mejilla de la pequeña junto a la suya, las suaves manitos reposando en su nuca, la respiración inocente y agitada tranquilizándola poco a poco. Esos dos corazones palpitaban a un mismo ritmo de entendimiento y amor, un ritmo de necesidad mutua de detener todos los relojes y permanecer unidas para siempre. Se abrazaron durante un tiempo infinito, placentero, cálido, dulce.
La mujer se agachó lentamente, depositó con delicadeza a la niña sobre el suelo y volviendo a esos ojitos curiosos y brillantes, expresó con voz tranquila:
-Todo está bien, mi amor, creeme que todo está bien, ¿si?
La pequeña asintió mientras su mirada se hundía en el alma malherida de la mujer, y ésta continuó hablando:
-Ahora andá, te esperan para salir de paseo. Todo va a estar bien. Siempre todo estará bien.
El beso espontáneo reconfortó a la mujer de rostro salado y ojos melancólicos. Le dio una palmadita en la cola para animarla a marcharse y se incorporó.
Sus ojos se humedecieron cuando la pequeña se dio vuelta, ya cerca de la puerta, y le regaló una sonrisa repleta de redondos dientes de leche, balbuceando un saludo.
La mujer guardó esa sonrisa en su corazón y comprobó que jamás habría situación o persona alguna que pudieran destruir la conexión que la unía a ese imponente y poderoso ser.
Finalmente, el canto de la calandria resonó triunfal.

...............Publicado en la revista literaria con voz propia nº 29

© Analía Pascaner

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La final

Para Agustín, quien siempre consigue ponerse de pie

…………………… “La mayor gloria no está en haberse mantenido siempre en pie,
…………………………sino en haberse levantado una y otra vez tras cada caída”.
…………………………………………………………………………………………………Confucio

Walter y Valentín vivieron una tarde que nunca olvidarían.
El torneo nacional reunía a los chicos de 9 y 10 años en una provincia norteña. Durante dos días se disputarían competencias individuales y por equipos.
Las luchas individuales consistían en el enfrentamiento entre dos atletas.
Los equipos se formaban con los cinco participantes que habían obtenido mayor puntaje en los torneos realizados anteriormente en cada provincia. Walter aseguró el primer lugar en la lista. Valentín ni siquiera ocupó el quinto lugar.
Los competidores se saludaron ante una seña del árbitro. Parados frente a frente con las rodillas apenas flexionadas y actitud alerta, se evaluaron con sus miradas.
Ambos eran compañeros en el mismo gimnasio de judo, pertenecían a la misma categoría, entrenaban y luchaban juntos en torneos locales, interprovinciales y nacionales.
Walter, ágil y concentrado.
Valentín, tranquilo y confiado.
Lentamente comenzaron a moverse en círculos sin salvar aún la distancia que los separaba.
Su provincia llevaba ganados todos los trofeos, sólo faltaba la copa del enfrentamiento por equipos.
Una provincia del sur contaba con cuatro participantes. Su delegado habló con organizadores y profesores. El entrenador decidió “prestar” a Valentín y así la provincia sureña completaría un equipo.
Los atletas se estudiaban y se movían con precisión, aguardando alguna señal en su adversario.
Los acompañantes de estos chicos comenzaron a correr la voz: la final por equipos era entre su provincia y la del sur.
Cada integrante debía luchar con otro del equipo rival. Cuatro parejas pasaron: victoria derrota victoria derrota. Y sólo quedó una pareja por enfrentarse, la pareja que definiría el campeonato por equipos: la pareja de Walter y Valentín.
Y al fin se lanzaron uno contra otro, trenzados en lucha firme e intensa.
Amigos y competidores de otras provincias rodearon poco a poco el centro de lucha, todos expectantes.
Los entrenadores de estos dos chicos permanecieron en forzoso silencio. Su profesor delegó el puesto de árbitro en otra lucha para presenciar aquel enfrentamiento. Un profesor de otra provincia abandonó su sitio en las gradas para alentar con su presencia a su consentido Valentín.
Uno intentando derribar al otro, ambos resistiendo cada uno de los embates, ambos mezclados en una lucha feroz y sin tregua.
El gimnasio bramaba.
-¡Dejate ganar Valentín, así llevamos la copa, no seas boludo! -exclamaba un compañero.
-¡Valen, dale que sos capaz de ganar esta lucha!
-¡Perdé, Valentín, perdé! -vociferaba la mamá de Walter.
-¡Vamos hijo! ¡Vamos que vos podés ganar! -pedía su mamá, quien cruzó una mirada furiosa con la madre de Walter, la cual se alejó con un gesto de desprecio.
Walter comenzó a dominar con lances precisos y ágiles y de ese modo conseguía agregar puntos a su marcador.
La delegada de los atletas apoyó su mano en el hombro de la mamá de Valentín. El profesor comentó:

-¡Vaya sorpresa con este chico! Quién se hubiera imaginado, ¿verdad, señora?
Valentín demostró un valor inusual y con una toma ágil sometió a Walter quien sorprendido, se encontró tendido en el tatami debajo de su adversario.
Treinta segundos faltaban para que terminara la lucha si ambos continuaban en esa posición.
El rojo igualó el contraste entre aquellos dos rostros. Uno pujando por salir, el otro intentando mantener la retención.
Los relojes avanzaban con asfixiante lentitud.
La situación se tornaba difícil para el campeón reconocido.
Treinta segundos eran necesarios para que la competencia por equipos terminara.
Walter no podía con Valentín.
Treinta… tan sólo treinta segundos para que el árbitro levante la mano de Valentín… o la lucha continúe si Walter conseguía ponerse de pie.
De pronto el sonido de un silbato, dulce para unos y amargo para otros, marcó el fin de la lucha.
Walter se levantó enojado y se retiró del tatami sin saludar a su adversario-compañero, enojo que se convirtió en llanto cuando la furia de su mamá lo abofeteó.
Valentín ganó y levantó la copa -trofeo que no llevó a su provincia- junto a los integrantes del equipo sureño. Su vuelta a casa fue un regreso con manos vacías, hostigado por compañeros y entrenador “por no haberse dejado ganar”.

...............................................................Diciembre 2007

Publicado en la revista literaria con voz propia nº 25

© Analía Pascaner
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sábado

El cuarto angosto

Lucas estaba parado en medio de la habitación mirando a su alrededor con ojos atónitos. Al comienzo sólo lo intuyó, pero en ese momento estaba seguro de lo que ocurría. La puerta había desaparecido totalmente: un listón de madera ocupaba su lugar. Sus labios se secaron y su garganta ahogó el alarido.
El cuarto angosto de paredes claras se achicaba y lo comprimía. Las paredes se oscurecían aprisa, se acercaban amenazantes. El techo bajaba y se había tornado tan negro como la noche que observara por la ventana unos minutos antes; sin embargo ya no había ventana, sólo un pequeño rectángulo algo más claro se hallaba en su lugar. Se sentía devorado y asfixiado por ese cuarto que se estrechaba cada vez más y más. Se empeñó en pedir auxilio, abrió su boca muy grande y procuró que el grito brotara desde lo más profundo de su pecho, mas no pudo proferir sonido alguno, las paredes ya rozaban su piel.


.............................................................................Agosto 2004

© Analía Pascaner
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viernes

Por cualquier cosa

Cuando vivía en Buenos Aires, en las vacaciones siempre nos íbamos a La Rioja porque mi papá quería que todos estuviéramos con él mientras trabajaba. Y cuando le preguntaba a mi mamá porqué mi papá no tenía un trabajo como los padres de mis amigas, se le llenaban los ojos de lágrimas y me respondía que así eran las cosas.
Me di cuenta por los preparativos que ese verano era diferente. Mi mamá me dijo que íbamos a Mar del Plata. Le tuve que preguntar a mis hermanos dónde era Mar del Plata, porque a mi mamá debía seguirla por toda la casa entre bolsos y armarios abiertos y me contestaba que estaba ocupada haciendo las valijas. Ellos me contaron que era un lugar como ningún otro, con una playa muy grande y con muchísima agua, que iba a conocer el mar.
Llegamos a Mar del Plata después de viajar tan poquito que mi papá ni siquiera tuvo que parar el auto para ir al baño. Dijeron que iríamos a la playa. Vi que separaban algunas cosas en dos bolsos, me puse la malla nueva y dejamos las valijas en el hotel.
Iba de la mano de mi mamá saltando y preguntando para qué llevaban tantas cosas, dónde estaba la playa y cuándo iba a conocer el mar. Mi mamá estaba nerviosa y me explicaba que nunca debía alejarme de un lugar en donde ella me pudiera ver.
Al llegar a la playa había muchísima gente, tantas personas juntas como nunca vi en ninguna parte en toda mi vida. ¡Era taaan grande! No me gustaba caminar ahí porque se me hundían los pies y la arena estaba muy caliente, entonces no me saqué las zapatillas.
Alquilaron una carpa, mis hermanos salieron a correr mientras mis padres acomodaban todo lo que habían llevado, encargándome una vez más que no me moviera de ahí. Luego mi mamá me mostró un tanque de agua y me dijo que recordara que estábamos delante de ese tanque de agua por cualquier cosa.
Yo jugaba cerca de mi mamá como me había pedido y cuando íbamos al agua, me dejaba ir corriendo delante de ella. Cada vez que me daba vuelta, me estaba mirando a mí, no miraba a la gente ni al agua ni a la arena caliente.
Me divertía con el balde, los moldes, la palita y el rastrillo de plástico que me habían comprado. Me gustaban la playa y el mar, era gracioso saltar en las olas y mis padres compraban helado y comida a los vendedores a los que no les quemaba la arena.
Yo siempre me portaba muy bien y una vez mi mamá me permitió buscar agua en la orillita del mar ¡y sola!, entonces yo iba y volvía con mi balde. Estaba construyendo el castillo más hermoso de todo el mundo. Me faltaba poquito para terminar y ya volvía del mar con el último balde con agua… y miré y miré y no encontré mi castillo en ninguna parte, busqué a mi mamá para contárselo y ella tampoco estaba en ninguna parte. Miré para todos lados y no la encontré. Tenía ganas de llorar porque estaba sola entre tantas personas desconocidas, entonces empecé a caminar para buscar a mi mamá porque el castillo ya no me importaba. Me acordé del tanque de agua que me mostró por si pasaba cualquier cosa. No encontrar a mi mamá era más feo que cualquier otra cosa, pero no sabía qué más hacer. Miré por encima de todo para encontrar el tanque de agua y cuando lo vi empecé a caminar hacia ahí buscando nuestra carpa.
La arena estaba tan caliente que me quemaba hasta la cabeza. Caminé mucho buscando a mi mamá adentro de cada carpa, pero ella no estaba. La arena seguía quemándome el cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Caminé por la sombra finita que había al lado de las carpas, siempre mirando adentro de cada una y buscando el tanque de agua que me había mostrado mi mamá por cualquier cosa, pero había muchos tanques de agua.
Alguien me alzó y me dijo que no llorara más. Yo no conocía a ese señor, pero parece que él conocía a mi familia porque dijo que iba a encontrar a mi mamá. Todos aplaudían mirándome y diciendo: “Pobrecita, tan chiquita” o algo así, mientras el señor que me alzaba y me decía que no llorara más, me llevaría con mi mamá. Y yo dejé de llorar porque la arena ya no me quemaba los pies aunque seguía quemando mi cabeza y mi espalda.
Caminamos mucho entre la gente que aplaudía, me miraba y decía: “Pobrecita”. Tal vez porque sabían que la arena me quemaba, aunque yo no se lo había dicho a nadie.
En eso vi a mi mamá que estaba más linda que nunca a pesar de estar llorando mucho. Hasta mis hermanos habían dejado de jugar en el agua y estaban en la carpa. El señor me bajó otra vez a la arena caliente pero ya no me importó quemarme los pies porque por fin había encontrado a mi mamá, que me abrazaba fuerte mientras me decía que ella me había mostrado el tanque de agua por cualquier cosa.
Ese verano nunca más me separé de mi mamá porque entendí que cualquier cosa era que la arena me quemara tanto el cuerpo desde los pies hasta la cabeza, y además… que la tonta de mi mamá se haya perdido.

.............................................................................Agosto 2002

© Analía Pascaner
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sábado

La locura y la mosca

Termino de almorzar, pido permiso para levantarme de la mesa y subo volando a mi cuarto para jugar a lo que más me gusta cuando estoy solita. Yo actúo, soy la mejor actriz y me sé todas las escenas, y la mejor de todas es cuando el príncipe azul me rescata porque estoy en peligro de muerte. ¡Eso sí me gusta mucho! Pero tengo poco tiempo para actuar porque cuando aparecen mis hermanos me da vergüenza, ellos me miran y se ríen de mí.
Mi mamá sube un rato después y va al baño, después se asoma a la puerta para preguntarme si hoy también estoy segura que no dormiré la siesta. Digo que no con la cabeza y le prometo quedarme muy calladita dibujando y pintando.
Nunca supe por qué mi mamá me obligaba a dormir cuando había sol. Antes yo me hacía la dormida pero siempre me descubría porque decía que ella escuchaba todo, hasta el volar de una mosca, cosa que no entendí nunca porque en mi dormitorio no hay moscas.
Mi mamá desaparece y vuelvo a jugar a ser actriz hasta que los actores y el público se van a dormir la siesta y luego me siento a pintar porque también el príncipe azul se fue a dormir.
Frente a mi escritorio hay una silla con cinco maderitas en el asiento, pero dos están sueltas y cuando cenamos, mi mamá reniega con mis hermanos para que claven las maderas porque el ruido la vuelve loca. Eso tampoco lo entiendo bien y me asusta mucho porque yo no quiero que mi mamá se vuelva loca. Debe ser muy feo tener una mamá loca.
Dibujo y pinto muy tranquila y sin molestar y ni siquiera canto un poquito. Me arrimo al escritorio haciendo que la silla se vaya hacia adelante entonces las dos patas traseras quedan en el aire, después apoyo toda la silla en el suelo y las dos maderitas sueltas hacen un ruido gracioso al caer: tzac-tzac. Me arrimo hacia adelante y… tzac-tzac, y otra vez hacia adelante y… tzac-tzac. ¡Eso sí me gusta mucho! Me divierto tanto que me olvido que el ruido y la mosca que nunca vi vuelven loca a mi mamá.
De pronto escucho: “Luuupiii, traeme una maderita…”. Mientras levanto una de las maderas sueltas de la silla, llamo en silencio al príncipe azul para que me salve de esta situación peligrosa. Entro despacito en la habitación de mamá cerrando un poco mis ojos para ver mejor. Ella pide que me acerque a su cama, entonces me pega con la maderita en la cola. Me duele bastante pero aprieto mis labios para no llorar delante de ella y cuando vuelvo a mi habitación lloro mucho por la traición del príncipe azul que no me rescató.
No entiendo por qué mi mamá me pega, no sé si es porque se está volviendo loca o porque tal vez hay una mosca escondida en mi pieza a la cual yo nunca he visto volar.

.............................................................Invierno 2002


Publicado en la revista literaria con voz propia nº 24

© Analía Pascaner
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Se me vino en contra

¿No te digo? nooo, si es así la cosa, una se empeña en aprender, en hacer algo nuevo y se te viene en contra, encima lo que una dice te lo tiran como idea después, es así creeme lo que te digo porque es así. Vos cómo andás? mientras te voy contando ¿querés? ¿tenés un ratito? ¿si? bueno te cuento entonces. Ja… cuando lo sepas me vas a dar la razón. El otro día sentaditas las dos, charlando de bueyes arados, no… bueyes arados no, bueyes cansados bueyes sueltos… ¿o bueyes que no se dan cornadas? ¿cómo es? bueno no tiene importancia no viene al caso, sigo, el otro día hablando de bueyes (así, bueyes a secas) le pregunté si es difícil escribir un cuento porque ella es profesora de lenguaje baaah de lengua como le llaman ahora, “v-v-vos querés e-escribir?” (me miró de raaaro creeme) “sí ¡yo! te animás a enseñarme porque un poco que me aburro viste?”, “b-bueno podríamos intentarlo, mirá que tenés mucho trabajo por hacer, no es escribir algo y se terminó, ahí recién empieza el trabajo y muy pero muy en serio”, y ya no me gustó nada de nada te aseguro, ya estaba totalmente arrepentida por tirarle la idea y me preguntó “¿estás segura que querés?”, “yyy… seee…”, yo ya no quería, creeme que ya no quería por nada te aseguro, “dale ¡animate! escribir y trabajar de-ver-dad, a-cum-plir con las tareas”, “yyy… bueeeh…” ('ta que me enredé sola ¿viste?). Bueno sigo, la cosa es que pasaron los días y yo me digo ésssta se olvidó, menos mal que se olvidó totalmente porque no pasaba nada ¿viste? ni se acordaba y mirá que nos veíamos. Bueno en eso recibo un meil ¿¡un meil!? ¿podés creer? cuidado que por meil me lo manda a decir, ¿no podía mandar una carta o hacerme avisar con alguien? no sé… algo… ¿pero un meil? si gracias a que mi hijo me abre el internet una vez por semana no me cierran el meil, eso dice él qué sé yo. Bueno sigo, encima toma mis-propias-palabras, era un refrán que yo le dije el otro día ¿viste? en toda mi vida aprendí solamente tres refranes y se me ocurre decirle zapatero a tus zapatos y eso es lo que me manda a decir por meil, aaay… por meeeil… tenías que ver a mi hijo sorprendido: “mamaaá veniiiií mamaaá alguien se dignó a escribiiirte!!” y encima no entiendo porqué se reía tanto este chico, si hasta pensé que le pasaba algo grave por semejantes gritos, qué sé yo. Bueno sigo, y usa mis palabras mis-propias-palabras, bueno no son mis mis palabras pero se las dije yo, ni siquiera la idea se le ocurre a ella, creeme porque es así. Bueno sigo, la cosa es que me manda un meil (ja… un meil) y ahí me lo explica todo! bah… todo es una forma de decir ¿viste? porque de todo no tenía ni la mitad, pero claaaro ella es así, así como la ves no das cinco centavos pero te cuento que sabe un montón eh? en lugar de hablar normal, como una persona normal ¿viste? ahí nomás te mete el verboide y el adjetivo, el apócope y el adverbio, el gerundio y el sujeto (¡a mí que no me venga con otro sujeto que no sea mi esposo ¿viste?), entra a sacar libros de la biblioteca y ¡sabe en qué página abrirlos! creeme porque lo vi con estos ojos que te miran, que el regionalismo de ni sé dónde y encima, escuchá bien porque no lo vas a poder creer, encima me dice “claaaro vos no sabés regionalismos, te voy a prestar un libro”, aaay… qué susto… pero qué libro ni qué libro, me va a prestar un libro mirala vos, eso sí, te aseguro y te lo aseguro como que me llamo Antonia que si ésta me trae un libro de regionalismos yo le busco otro pero de regionalismos franceses ¡o peor! regionalismos alemanes ¡y ahí sí la quiero ver! se va a volver china, porque la flaca es mucho verboide y apócope, gerundio y adjetivo, adverbio y sujeto, pero la sacás de las letras escritas en castellano… y ja… ¡ahí vamos a ver qué sabe! Pero bueno la verdad es que no me quiero ir del tema ¿viste?, la cosa es que de acuerdo a lo que nos dijimos esa tarde hablando de bueyes (bueyes así, a secas) me viene a decir lo que yo le dije en ese momento: zapatero a tus zapatos, y ahora pretende que ponga la mente en funcionamiento, así textual me lo explicó y ¡por meil! creeme. ¿Por qué ponés esa cara? ¿que qué quiero decir? ella se refería a… Ay me puse mal ahora che, hablando de mente quien debería irse con la mente a otro lado soy yo. Uy… y vos no me contaste naaada, bueno otro día porque ahora debo poner la mente en remojo. Chau mi querida nos vemos en otro momentito y saludos a tu gente, me alegro de verte tan bien mmmm qué reseca tenés la piel en las mejillas, a ver… deberías hacer algo, no queda muy bien así.

No… no no no, la mente en remojo no era, en remojo eran las lentejas como me enseñó Matilde. Qué tenía que hacer con la mente? uuuuy no me digas que debo pedirle a mi hijo que me abra el internet para ver qué decía ese meil.
Ja… por meil…

........................................................................Verano 2007


Publicado en la revista literaria con voz propia nº 16

© Analía Pascaner
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Quién es?

Mis pies contagian la pereza a ese sol que aún no salta sobre las montañas. Vislumbro un espléndido día: el cielo lucirá radiante, la gente disfrutará del prematuro calor y serán esas mismas personas quienes expresarán en el verano, agobiadas por cuarenta y tantos grados: “qué sofocante, ni un solo día fresco tuvimos en invierno”.
Camino sin prisa reteniendo en mi alma el cielo gris que disfruté días atrás. Miro el rostro de las personas que cruzo. Me vuelvo y observo cada gesto, me detengo y examino cada palabra. Busco algo que me resulte familiar.
No lo veo, no lo puedo hallar. No lo sé encontrar, no sé dónde buscar. ¿Qué conozco de él? ¿Acaso sé quién es? No sé su nombre ni el lugar del planeta que recibe diariamente sus pasos. Mis ojos están vendados, ando a tientas sin saber si algún día lo encontraré.
Cierto acontecimiento lejano detuvo el tiempo mientras nuestras miradas se fundieron en una extraña sensación de deseo y urgencia. Luego el atropello: gritos y empujones, corridas y sirenas me abrumaron dentro de una realidad inesperada. Su mano me arrastró lejos de allí y nos hallamos solos, arrancando nuestras ropas, expulsando los pensamientos, desatando suspiros, explorando ocultos rincones, convulsionando la sangre, estallando de pasión. Y una vez en calma, sus dedos pasearon por cada milímetro de mi piel, me miró con dulzura, me besó con ternura y desapareció tan rápidamente que a nada pude atinar. Salí corriendo y me mezclé entre la multitud, lo busqué en cada rostro y en cada mirada. Nunca más lo volví a ver. Jamás tuve la certeza si estuvimos juntos o sólo fue una jugarreta de mi imaginación. Sin embargo, al evocar aquel instante mi corazón sale de sus límites, mi respiración se torna incontrolable, mi piel se eriza pensando en sus manos, mi cuerpo se estremece ante el deseo.
Nada sé de él. Tal vez está tan cerca mío como lo siento siempre: cuando necesito cerciorarme que no camina junto a mí, o cuando le escribo miles de palabras que jamás leerá, o cuando mi mente se enmaraña en esta obsesión.
Aprieto el recuerdo de ese encuentro, extiendo las palabras escritas, escondo los sentimientos dentro de mi corazón. Sólo eso tengo, sólo eso conservo de él. Sensaciones fugaces rondando mi vida. Un momento que no consigo olvidar… o tal vez no quiero olvidar.
Hoy reniego contra aquél recuerdo que se apoderó de mí. Hoy necesito liberarme de esa persona adherida a mi vida y a pesar de ello muy cerca de él estoy ahora mismo, observando y mirando con la impresión de que realmente está a mi lado.
Camino sin prisa para encontrarme con un hombre. Doy vuelta a la esquina expectante por esta reciente relación que debiera rescatarme. Pocos pasos me separan del bar donde veré a esta persona que conocí hace algunos días y ejerce cierta atracción sobre mí. Alguien se topa conmigo, levanto la vista mientras murmuro una disculpa y de pronto el tiempo se detiene en esa mirada, en esos ojos que jamás creí ver nuevamente. Observo más adelante, aquel hombre ya está esperando sentado al lado de la ventana a escasos metros de allí. Regreso a esos ojos que están frente a mí, esos ojos que esperé todos mis días, esos ojos que se llevaron todos mis sentimientos hace tanto tiempo atrás. Le regalo mi sonrisa más valiente mientras él toma mi mano entre la suya y caminamos presurosos en sentido opuesto al bar.

.................................................................Invierno de 2003


Publicado en la revista literaria con voz propia nº 13

© Analía Pascaner
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Barrio chino

Lo supe desde el primer momento. Aquel olor extraño me lo advirtió.
Ayer, la punta de mis pies intentaba tocar el piso mientras sólo atinaba a observar esas manos toscas estropeando el cuello de mi camisa y sus pequeños ojos inyectados en sangre. Y ese olor... ese olor que emanaba desde sus entrañas envolviéndome hasta sentir que mis pensamientos flotaban tanto como mis pies.
Hoy, liberado del olor a opio que Ching Mih Ho desprende a cada paso, alcanzo a comprender que sólo poseo veinticuatro horas para realizar algo que cambie esta situación tiránica. Ya no tolero sus visitas aromáticas solicitando un tributo para permitir que mi familia transite tranquila por el barrio y para preservar a mis hermanas de la prostitución infantil.
El sopor de la lenta caída de la tarde me arroja a estas calles conocidas. Vago sin rumbo fijo. Mis manos pesan dentro de mis bolsillos. Aferro la empuñadura de plata labrada y evoco a mi padre en el preciso instante cuando me entregó el puñal. Hoy no disfruto de los colores brillantes que otras veces distraen mi mente, ni de esos aromas tentadores culpables de mi escaso sobrepeso, ni de las muchachas atractivas que se insinúan a mi paso. Hoy pienso en otra cosa: algo debo hacer… aún no sé muy bien qué es… aunque tampoco creo poseer valor para tomar cualquier decisión. Pero… qué decisión debería tomar?
To Chang me sorprende saliendo de su tienda con rapidez inusual. El terror reflejado en su palidez me alerta. Me guía hacia el interior apretando mi brazo, transmitiendo ansiedad con esos dedos gastados. Su mirada no se separa de mí al cruzar la cortina de cristales claros. Paseo mi vista por la habitación buscando un motivo para justificar el pánico de este hombre calmo y amable. Sin soltar mi brazo y sin articular palabra, me señala la mesa de marfil con incrustaciones de piedras multicolores. En el centro del antiguo mueble, el hermoso cuenco está lleno de galletas de la suerte. Tampoco hablo, sin embargo entre los dos se establece una comunicación tan profunda como la que hemos tenido siempre durante nuestras extensas charlas. Sus ojos penetran en los míos con una mezcla de angustia y urgencia que me inquietan aún más; luego su mirada se dirige hacia la pequeña mesa. Nada extraño observo: tan sólo el mismo cuenco verde repleto de galletas de la suerte. Debajo de la mesa descubro un diminuto papel y un dulce aplastado. Miro al anciano, quien se aferra a mi brazo como a la vida misma y levanto el papel arrugado. Mis manos tiemblan al abrirlo, mi corazón palpita agitado. Leo una y otra vez palabras que no tienen sentido para mí. To Chang toma un lápiz y escribe: “Ching Mih Ho acaba de retirarse y ésa es su suerte”. El anciano me mira con tristeza y abre su boca. Reprimo un grito de horror al ver el interior de su boca ennegrecido y mutilado.
Mi mente se despeja y me siento poderoso. Salgo de la tienda y mis pasos saben a la perfección hacia dónde se dirigen esta vez. Ante la elegante puerta de roble, explico a su matón que poseo la cuota que me reclamaran hace dos días atrás. Un gesto indiferente del hombre vestido de blanco que fuma recostado en un sillón abre todas las puertas. Me reciben algunos dientes de oro tras su sonrisa maliciosa. Esta vez no me dejaré abatir por ese extraño olor, debo mantener mi concentración. El frío del metal me infunde seguridad desde mi bolsillo. Permanezco de pie frente a él y lo observo mientras cada gota de mi sangre hierve con bronca y galopa con valor. Será sencillo: está absolutamente drogado. Pienso en mi padre, quien falleció a manos de sus matones; pienso en mi familia, pienso en toda la gente decente del barrio, y ya no necesito esperar nada más. El puñal se dirige certero hacia su corazón mientras escasos billetes caen con la cadencia de la agonía, mientras esa sonrisa malvada se apaga junto con su vida, mientras sus dientes dorados se deslucen en sorpresa, mientras el tiempo se detiene permitiendo llevar a cabo mi misión. Mis veintitrés años enardecidos por la venganza se escabullen de la sala con rapidez.
Y ya bajo un techo estrellado, sonrío al recordar las palabras leídas en la tienda de To Chang: “Hoy el opio no protegerá tu corazón”. Palabras comunes que al esconderse dentro de las galletas de la suerte adquieren un significado diferente.
Doy vuelta a la esquina y me sorprendo gratamente al observar al etéreo To Chang con su habitual sonrisa calma y oculto bajo las sombras plateadas que desliza la luna. El hombre espía por la ventana.


..................................................................Diciembre 2003

Publicado en la revista literaria con voz propia nº 9

© Analía Pascaner
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Un paseo cotidiano

Luciana deambulaba por calles desiertas. La joven sabía que nadie se asomaba en aquella hora del crepúsculo y ese día menos aún con la mansa llovizna que cubría al pueblo desde la noche anterior. Caminaba tarareando una canción, sin recibir miradas curiosas ni esquivar conversaciones inoportunas ni responder preguntas triviales. Ella ya conocía la soledad que se esparcía por las calles, por eso elegía ese momento del día para dirigirse hacia el campo de lavanda ubicado detrás de la estación de tren, como todas las tardes desde que descubriera esa magia celeste.
Sus padres habían decidido mudarse a ese pueblo para alejarla de su primer amor, para desintegrarle el dolor de la traición, para apartarla de la jungla de cemento, para arrancarle sus propios fantasmas. Sin embargo los fantasmas de la joven no poseían la forma de ese primer amor ni se hallaban escondidos en la ciudad: los demonios dibujaban su rostro reservado, humedecían sus ojos apagados, latían al mismo ritmo de su corazón desilusionado, se los palpaba en su piel desganada.
Luciana caminaba hacia el campo de lavanda como todas las tardes anteriores. Un sonido lejano acarició sus oídos. Se detuvo y cerró sus ojos disfrutando de ese sonido tan misterioso como conocido, tan ajeno como propio. Escuchó levemente el rechinar de las ruedas del tren y lo imaginó en su recorrido entre los campos y las montañas, absorbiendo plenamente cada paisaje y depositándolo en los parajes que recorría.
La joven se apresuró para llegar al terraplén y su corazón galopante la preparó para efectuar su inocente carrera cotidiana: cruzar las vías cuando el tren estuviera cerca y luego, ya desde el otro lado, observar a esa mole de hierro cortando el aire. Se detuvo en la pequeña lomada que contenía las cintas relucientes y grises, filosas y amenazadoras; su cuerpo mojado oscilaba liviano como un junco. Cerró sus ojos nuevamente y reconoció el sonido cada vez más cercano, invadiéndola, acallándola, invitándola.
Su destino se hallaba cerca: encontraría la libertad momentánea en el campo de lavanda detrás de las vías del tren. El tren se aproximaba raudamente y sus reflectores rasgaban la penumbra con insolencia. Observó con precaución: debía permanecer atenta pues en cuanto las luces se acercaran, ella daría los dos pequeños saltos que ahora la separaban de su sitio predilecto.
Sin embargo esa tarde no fue igual a todas las otras. Esa tarde sus quince años se deslucían, su sangre bullía con furia, su respiración se dificultaba, su corazón procuraba encontrar el ritmo de la inocencia, sus brazos colgaban como plomadas, sus piernas eran de acero, todo su cuerpo semejaba un pilar enclavado en ese terraplén. En ese atardecer, un dolor desconocido crecía dentro de sí, un dulce dolor se adueñaba de su existencia. La llovizna del crepúsculo mitigaba ese dolor ardiente que soportara desde que saliera de su casa.
Luciana observó al tren, sus párpados cedieron ante las luces que reventaron en diminutas partículas. Los demonios se reubicaron en su vida: el contorno preciso de su cuerpo, el recorrido exacto de sus venas, los laberintos implacables de su mente.
Supo que ése era el momento de cruzar e intentó correr. Los reflectores se acercaron, el piso rugió, las vías se sacudieron, los pastizales se agitaron y todo su cuerpo tembló. Luciana alcanzó a mirar el campo de lavanda apenas visible en ese gris atardecer. Percibió el aroma y se regocijó con el contraste de los colores. Los recuerdos de su vida se agolparon inquietos, las imágenes de su vida se sucedieron difusas. Su sangre corría más despacio y su alma despegaba de su cuerpo. Las ruedas de acero sacaron chispas a un destino que no estaba escrito pero que era inevitable. El tiempo se detuvo y sus sueños se desvanecieron en esos rieles. Sus ojos lloraron sin saber dónde mirar y el intrépido metal se hundió en su piel sellando las puertas de su vida.
A pocos metros de allí, un impertinente camino sinuoso se abría paso entre el celeste embriagante. Luciana comenzó a transitar ese sendero como si flotara, con sus ojos vivaces y su rostro sonriente; luego se apartó del camino y desapareció dentro del campo de lavandas.
En ese instante, un grito recorrió las calles solitarias del pueblo. En el cuarto de Luciana, su madre se hallaba de pie frente a la ventana abierta, observando un frasco y una jeringa tirados en el piso.
Nadie en el pueblo conoció jamás los senderos deambulados ni los aromas percibidos por Luciana. Nadie imaginó jamás las imágenes aprisionadas en la mente de Luciana. Nadie se enteró jamás cuáles fueron sus sueños adolescentes. Sólo se supo lo que la autopsia mostró.

..................................................................Septiembre 2004


Publicado en la revista literaria con voz propia nº 5

© Analía Pascaner
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Por unos minutos de magia…

¡Hay tantos globos en el patio! Toda mi casa está adornada porque hoy cumplo los seis. Me encantan las fiestas de cumpleaños y mis padres se esfuerzan por complacerme: me regalaron este vestido rojo que me queda precioso, la cocina está llena de comida y hay bolsitas con juguetes para repartir a mis amigos. Pero ¿la verdad la verdad? lo que más me gusta son los regalos y… suena el timbre ¡bien! debe ser alguna de mis amigas. No, es un compañero que trae un regalo chiquito. ¡Timbre otra vez! Otro varón ufa. Pasá que recién llegó Fernando. ¡Otra vez timbre! Mi mamá abre y voy corriendo. Por suerte son mis amigas y ¡cuatro juntas! Pero falta Viviana, mi mejor amiga. Timbre y teléfono, todo junto, mejor atiendo el teléfono porque está más cerca. Es Viviana. ¿A qué hora vendrá? Pregunta mi mamá. Los chicos gritan y corretean en el patio, ya quiero ir a jugar con ellos. Má, Viviana no vendrá porque no compró un regalo. Andá al patio vos… Querido, andá a buscar a la compañerita de la nena, mirala vos a esta chica pretenciosa.

Vale, esperá que tengo señal de llamada, te corto te corto, en dos minutos te llamo, dale. Paaaaaula menos mal que me llamaste porque tengo que contarte algo. ¡Justo en mi cumpleaños viene a pasarme esto! Es de no creer Pau… no no no, esperá que te cuento yo primero. Y ni se te ocurra contarle a nadie, eh? Recién hablé con Valeria pero a ella nada, eh? Te acordás de Matías ese chico que me avanzó en los quince de Mercedes? Ni te imaginás lo que me pasó en la plaza esta mañana a la salida del cole. Tengo señal de llamada Pau, te corto te corto, en dos minutos te llamo. ¿Hola? … Fraaaanco … sí, hoy salimos, estoy arreglando con las chicas, te llamo en un rato … bueno … bai bai. Hola Valeria, mirá, te llamo antes que se entere Paula y te cuento… Jurame que no le vas a contar a nadie, si? Te acordás de Matías ese chico que me avanzó en los quince de Mercedes? Pero jurame que no se lo contás a Paula porque ésa va y se lo cuenta a todo el mundo. Bueno, resulta que hoy estaba en la plaza y… Tengo señal de llamada, te corto te corto Vale, te llamo en dos minutos, dale. Hola Paula justo te estaba por llamar, era Franco, el tipo se puso repesado y no cortaba por nada. Dale… te cuento lo de Matías porque no lo podía cre-er Pau, pero jurame que no lo vas a contar y menos a Valeria que se lo cuenta a todo el mundo … Ufa Pau ¿justo ahora está entrando tu viejo? Te lo cuento después … sí sí ya cortamos. Nos encontramos en casa de Jimena a la una y de ahí vamos todas juntas. ¡¡Vamos a festejar mi cumple con todo!! Tengo señal de llamada, Paula, te corto te corto. Ahhh Pau, ¿qué te vas a poner esta noche?

Los días se deslizan en silencio, los años caen sobre mis hombros, mi vida transita sin sosiego, el tedio me arrastra, el trabajo me resulta insoportable. Mis estudios quedaron relegados, mis sueños se disolvieron, mis ilusiones se esfumaron, mis proyectos se perdieron.
Cada año, este día tan especial se va calcando sobre el anterior. Otro año similar, otro año sin brillo, otro año sin sueños ni deseos ni planes ni esperanzas. Otro año tan sólo para probar que el tiempo transcurre inexorablemente, para recibir en mi cuerpo y en mi cara y en mi alma y en mi vida misma, todas las frustraciones. Hoy festejo (¿festejo?) un nuevo cumpleaños de la misma manera que desde hace tantísimos (ni sé cuántos) años atrás: sin sorpresas ni alegrías, sin expectativas ni emociones, sin ruidos ni visitas, sin torta siquiera. ¿Para comerla los dos solos? Pregunta siempre él. Sí, para comerla los dos solos, para comerla al día siguiente, para recordar momentos agradables del pasado, para tener unos minutos de magia. Al menos unos minutos de magia… No te preocupes, no compremos una torta, no seré yo quien realice gastos superfluos en casa. Recuerdo con cuánto esmero preparaban mis padres cada fiesta de cumpleaños.
Recuerdo con cuánta ansiedad esperaba ese día que se escurría entre juegos, globos, corridas, piñata, gritos, regalos, peleas y la torta. La torta. Yo deseaba soplar las velitas al comienzo de la fiesta; sin embargo la torta siempre quedaba para el final, cuando muchos timbres habían interrumpido y muchos chicos se habían retirado de la mano de sus padres. Yo esperaba la torta: el momento en que apagaban las luces y ese misterioso movimiento en la cocina aumentaba mi ansiedad. Desde el equipo de música brotaban aullidos acompañados por la melodía del “Feliz Cumpleaños” y mi mamá ignoraba mis ruegos para evitar escuchar ese cassette ridículo que me había regalado no sé qué tío.
Viene a mi mente un cumpleaños de aquellos que me engrandecían. Habré cumplido seis o siete… no recuerdo con certeza… Una chica de la escuela, mi compañera de banco, me llamó por teléfono y me explicó que no podría venir a mi fiesta pues su mamá no le había podido comprar un regalo. Y me pareció lo más natural del mundo responderle que no viniera si no tenía un regalo para mí. Cuando le conté a mi mamá, ella se indignó y mandó a mi papá a buscarla. No recuerdo mucho más de esa anécdota, de esa actitud interesada de niña consentida. Sí recuerdo con claridad el rostro de la chica: rubia con su cabello corto, alta y delgada, su cara pálida y llena de pecas; su nombre era Viviana… Pero ni siquiera sé si lloró al hablar conmigo por teléfono. Luego comprendí que era de condición humilde; antes sólo veía su guardapolvo amarillento, no tenía tantos juguetes ni ropa nueva, vivía en una casa pequeña y sin patio, sus padres no tenían auto y nunca le festejaban los cumpleaños. Ella no tenía las cosas que teníamos los otros chicos y nunca supe si eso le molestaba, nunca le pregunté nada porque yo no sabía nada acerca de esa diferencia. Ella fue, simplemente, mi mejor amiga durante esos primeros años de escuela.
Recién terminamos de cenar, mi pareja se fue al dormitorio a mirar algún partido de fútbol y yo disfruto la soledad de la sala. El sillón me abraza con calidez, la música suave me envuelve, la copa se calienta en mi mano, el color del líquido me atrae, el aroma del vino me embriaga, la penumbra me permite flotar y volar lejos de aquí.
Viviana… donde quiera que estés… en este cumpleaños levanto mi copa por vos. ¿Serás feliz? ¿Tendrás una torta en cada cumpleaños?

...............................................................................Mayo 2006


Publicado en la revista literaria con voz propia nº 2

© Analía Pascaner
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